Hazle Henderson y el fin de la economía de tierra plana
Los ciclos de recesión e inflación y el desempleo están afectando en mayor o menor medida a la mayoría de las sociedades. Las recetas económicas habituales no atinan a encontrar una solución de fondo debido a su obstinado enfoque monetarista y al desconocimiento del sector no monetarizado de la economía, donde ocurre la mayor parte de la producción y el consumo. Como lo señala Hazle Henderson: “ La mayoría de la población mundial se mantiene cultivando su propio alimento, cuidando a sus propios animales en las zonas rurales y viviendo en pequeñas aldeas y asentamientos administrados en conjunto o como nómadas siguiendo rebaños, recogiendo cosechas silvestres, pescando y cazando en economías basadas en el trueque, la reciprocidad y la redistribución de excedentes de acuerdo con costumbres como festivales y potlatches.” Muchos de los problemas económicos y sociales de los países del Tercer Mundo se deben precisamente a la erosión de esta cultura comunitaria de reciprocidad y mutualismo por las políticas económicas de mercado.
Los valores sociales vinculados a la autoabastecimiento, el compartir alimentos y ayudas, la solidaridad con los necesitados, la medicina popular y el respeto por el medioambiente viene siendo desprestigiados por un consumismo que luego resulta incapaz de garantizar las necesidades mínimas de la inmensa mayoría de la población. El precio que pagan los países “subdesarrollados” para ingresar a esta utopía de mercado es el endeudamiento crónico, la hipoteca de sus recursos naturales, la entrega de sectores claves de la economía como el agua, la energía o el transporte a empresas multinacionales, aumento de la desigualdad social, la criminalidad, la pobreza y el desempleo. Sin embargo, pese la enorme evidencia acumulada en contra de estas políticas económicas, sus males se justifican como un costo aceptable para lograr el desarrollo.
Muchos críticos del neoliberalismo lo son también de cualquier alternativa por fuera del desarrollo y el productivismo. Algunos sienten nostalgia de las políticas económicas keynesianas sin ver que estas, al igual que las políticas monetaristas, se basan en un uso no sustentable de los recursos baratos y la transferencia a la sociedad y al medioambiente de los costos ocultos de la producción industrial. El propio cálculo del PBI no discrimina entre construcción y destrucción, considerando no productivas actividades no rentadas, pero indispensables para el mantenimiento del sistema capitalista, como es por ejemplo el trabajo no pago e invisible de la mujer. Sin el sector informal, tan desacreditado pero promovido cínicamente, el sector formal de la economía no podría subsistir.
Los gobernantes y los partidos políticos son incapaces de aportar soluciones de fondo y siguen aferrados al reducido paquete de herramientas que les ofrecen economistas sin visión. Es que no hay ninguna salida mientras las medidas económicas sigan siendo monetaristas, fiscales, productivistas y orientadas al mercado como son los recientes intentos en la Argentina de control de precios. Pese a la diferencia en los discursos, tanto derecha, centro e izquierda comparten las mismas falacias y los mismos dogmas. Hezel Henderson dice que todos cultivan el modelo de la Gallina de los Huevos de Oro:
“La derecha tiene la creencia de que toda la riqueza se produce en el sector privado y luego le exige impuestos para dar bienes y servicios al sector público...creen que hay que eliminar la presión inflacionaria reduciendo el gasto público; Hay que elevar las tasas de interés y reducir el crecimiento de la oferta monetaria, aceptando que el desempleo aumentará; Luego quítese regulaciones a los negocios y dense más créditos fiscales a la inversión, basados en la teoría del “goteo de que eso generará más empleo. En el otro extremo de la gama está la posición de “izquierda” que tiene economistas keynesianos y lo único que saben hacer es imprimir dinero con la esperanza de que las inevitables tasas de inflación no resulten demasiado manifiestas.”
Lo trágico es que ninguno de estos abordajes funcionará y el daño se seguirá ampliando y reproduciendo. Los funcionarios, empresarios y economistas no dejan de insistir en el aumento de una productividad estéril que no mejora la calidad de vida de las personas. Como dice Henderson, la única parte del PBI que sigue creciendo son los costos sociales. Las políticas macroeconómicas a corto plazo con sus estrechas elecciones fiscales, monetarias y del sistema de precios están condenadas a inevitables inflaciones y recesiones ya que sólo funcionan en una economía con ofertas y demandas crecientes. Esto no es tan fácil de lograr con el aumento del costo de insumos, energía y la pauperización de los consumidores. Una de las causas de la inflación y del fracaso de las políticas keynesianas es que se están agotando los insumos baratos de recursos naturales y energía. Una parte de la declinación de la producción se debe a que cada vez se requiere más capital y energía para obtener materias primas y energía de yacimientos empobrecidos y distantes. Justamente lo que se necesita es lo contrario de lo que se pregona. Necesitamos una “selectiva reducción de la demanda,” una administración no monetaria de la demanda aunque los negocios resulten menos rentables. Hace falta autos más económicos y de menor tamaño, una disminución de la publicidad consumista o acuerdos voluntarios para armonizar precios y salarios
A medida que los países “emergentes” aumentan sus tasas de interés para atraer el capital extranjero, se dispara otro coletazo inflacionario y recesivo ya que se eleva el costo de las hipotecas, las cuotas de compras de automóviles y maquinarias. Antes elevar los intereses solía ser eficaz para enfriar la economía reduciendo la inflación y el desempleo, pero hoy provoca el efecto contrario. Por otro lado el abuso de la manipulación de las tasas desalienta el compromiso de fondos a largo plazo y aumenta el temor de los tomadores de crédito a caer en las manos de usureros inescrupulosos. Se está perdiendo la confianza en el Estado como arbitro ante las apetencias excesivas de los poderosos y dispensador de equidad social. El estado es el primero en limitar el acceso al consumo popular con impuestos regresivos como el IVA pero premia a los capitalistas con exenciones, subsidios y préstamos que nunca se molesta en cobrar. No es de extrañar entonces que los ciudadanos se vuelquen a contraeconomías de producción para el uso y reciprocidad como son los clubes de trueque de la Argentina, grupos de compras comunitarias y ayuda mutua. Hay una recuperación del hogar siempre como unidad de producción y consumo. De esto se trata la contraeconomía; una apuesta al valor de los productos para el propio uso y no para la venta. El curso que está tomando la economía global hace necesaria una reconceptualización de nuestra situación y nuestros valores para encontrar nuevamente el camino hacia la honradez, la humildad, la cooperación y el deseo de compartir.
Carlos De Sanzo