miércoles, 24 de febrero de 2016

El verdadero significado de la autosuficiencia

La autosuficiencia como la entiendo y la practico, es el abastecimiento como resultado del propio trabajo o por el intercambio de productos o servicios producidos por otras personas por si mismas; es decir sin mediar ningún tipo de explotación o plusvalía. Este concepto se extiende a la no explotación de los recursos naturales, lo que significa un fuerte compromiso con la sustentabilidad. 

El producto de la autosuficiencia es, por lo tanto, completamente bien de uso, ya sea en el plano individual como social.  

La autosuficiencia puede incluir la dimensión individual, familiar, local, nacional, regional. No se reduce al auto consumo ni implica abastecerse completamente por uno mismo, ya que esto no es deseable ni posible. 

La autosuficiencia implica el intercambio no monetario de excedentes de producción para completar y diversificar el propio aprovisionamiento.

El énfasis puesto en lo no monetario es de una importancia decisiva, ya que el dinero, por su concepción, diseño y función, lleva inevitablemente a la acumulación en unas pocas manos y a la negación del intercambio. La autosuficiencia busca que la gente pueda obtener lo necesario para vivir sin ser explotado y sin explotar a otras personas o al medio ambiente. 

No es una idea radical, sino natural y orgánica. Los distintos saltos tecnológicos para  aumentar el rendimiento agrícola fueron seguidos por un incremento poblaciones y al poco tiempo otra vez hambre,guerras y más explotación  de las personas y la naturaleza.

La autosuficiencia es economía en su aspecto más prístino, esencial y orgánico ya que se orienta a la satisfacción de las necesidades humanas libre de cualquier explotación, especulación o usura. También se trata de una economía  de la perdurabilidad, ya que para sostenerse sin sobresaltos en el tiempo debe haber un uso sustentable de los recursos. En este modelo económico cualquier derroche, mal manejo o sobre explotación afecta directamente a quien lo generó. No hay forma de trasladar a otros los propios defectos u errores. Esto estimula a las personas a hacerse cargo de sus actos y ser respetuosos con el entorno. En cambio, los modelos de organización, como los define Schumacher, favorecen actitudes irresponsables y egoístas como ocurre con la sociedad de consumo actual.

Veamos un ejemplo de mi infancia a mediados de los años 50. En nuestro barrio no había servicio de recolección de basura, por lo que inevitablemente debíamos reciclar los desechos en nuestro propio hogar para que no se convirtieran en basura. Conforme a esta realidad, los envases de los  productos manufacturados eran reutilizados o reciclados. No existía el hábito de usar y tirar que hoy tenemos incorporado como si fuera un acto reflejo. En la práctica no existía productos descartables. Todos salíamos de casa con una bolsa de tela para hacer las compras con tanta naturalidad como llevar dinero en el bolsillo. Una vez consumidos los productos, los frascos de vidrio vacíos se llenaban con dulces y mermeladas caseras, las botellas de sidra con salsa de tomate y las de vino con vinos o en el peor de los casos vinagre de uva o grapa. Las latas de aceite, una vez consumido su contenido, servían para hacer bebederos para nuestras mascotas y animales de cría, las latas redondas de dulce de batata se convertían en apreciados moldes para hornear pan dulce, y cuando por último, el metal se deterioraba u oxidaba, se enterraban junto a los limoneros para aportarles hierro. Los vidrios rotos fijados a los bordes de los muros desalentaban a los escasos merodeadores o se molían para usar como carga en el concreto. 

Podría dar una infinidad de ejemplos de reciclado, como el caso de la madera, cartón, papel, o de los residuos orgánicos, pero no intento hacer una apología de la simplicidad sino mostrar como en una cultura de hace apenas 60 años, se resolvía con autosuficiencia, de manera sencilla y efectiva un problema en vez pasárselo a las próximas generaciones.      

Carlos De Sanzo

lunes, 22 de febrero de 2016

Los interminables paradigmas



Un cambio de paradigma es siempre resistido al principio. Pero con el paso del  tiempo los nuevos conceptos nos parecen menos perturbadores y se terminan asimilados al pensamiento establecido. A veces pienso que estas ideas revolucionarias son asumidas sólo en parte, pero que en el fondo no queremos cambiar. Se cede algo para no ceder  todo.  Una negociación conveniente para mantener el principio de realidad y aquí no ha pasado nada. Las teorías molestas son  expuestas en vez de ocultarlas. Se pinta  de rojo el antiestético caño en lugar de disimularlo. Y pese a que le dimos la razón a Galileo seguimos viendo salir el sol del este. Y actuamos como si fuéramos el centro de la creación aunque  enseñemos las teorías de Darwin en nuestras escuelas. Y después de tanto psicoanálisis bajo las espaldas, seguimos creyendo que manejamos nuestras pasiones.
La caída de un paradigma hiere nuestro narcisismo humano, pero no profundamente, ya que ha sido el propio hombre el autor de tal prodigio. El pensamiento abstracto sale victorioso de todos modos y aunque reconozcamos que nada sabemos, seguimos creyendo en que el Saber es posible.

Adoptamos un nuevo paradigma porque descubrimos su utilidad; no como  resultado de una progresiva toma de conciencia, ni por deseo de conocer una verdad con mayúsculas sino una verdad tranquilizante. En lo más profundo que no vamos tras la verdad, la equidad, la justicia o el conocimiento, sino en pos de una ideología funcional al ego.

 El mundo experimenta un clima navideño cuando el nuevo paradigma es entronizado. Se asiste a un milagro profano, se refuerza por fuera la fe en la ciencia y por dentro el pensamiento mágico. Aceptamos reformular la idea que  teníamos del mundo, pero nuestros prejuicios no disminuyen con este acto de contrición, sino por el contrario se fortalecen. No nos hacemos más sabios sino más apegados. Tal vez haya una luz al final del camino, quizás superemos alguna vez la compulsión a encontrar respuestas sin haber formulado las preguntas. El principio de realidad es Matrix, es el paradigma que no termina de caer y que sostiene la dictadura de lo real, nuestra profunda convicción respecto a la objetividad del  conocimiento y que éste  se encuentra cada vez más cercano.

Carlos De Sanzo

¿Que tan necesario es el dinero?






Si bien los seres humanos satisfacen la mayor parte de sus necesidades a  través del intercambio, no todo intercambio se materializa con dinero. Contrariamente a lo que suponemos, la producción doméstica y el trueque siguen siendo las formas más comunes de aprovisionamiento y aunque existe un alto desarrollo de las tecnologías de pago y de los sistemas monetarios, más del 30% del comercio se lleva a cabo mediante alguna forma de trueque o compensación.

Daniel Wagman, propulsor del sistema de trueque Tercer Sector de Madrid, opina que cuando utilizamos el dinero en vez de un simple intercambio, evitamos reconocer que este último implica algún tipo de compromiso y una relación de reciprocidad donde una persona está haciendo algo por nosotros. “Uno de los rasgos (negativos) de nuestra actual economía es la sensación de que somos consumidores independientes, que no necesitamos a nadie, cuando de hecho nunca los seres humanos hemos dependido de tanta gente para cubrir nuestras necesidades. Sin embargo, esta dependencia es invisible, y nos absuelve de asumir la responsabilidad de las consecuencias de nuestro consumo” En este sentido el trueque tiene una gran importancia porque en este proceso se descubre que son las personas las que satisfacen nuestras necesidades y no el dinero.


El dinero resulta ser una herramienta poco eficiente para el fin que fue concebido: el facilitar las transacciones de bienes y servicios. La posibilidad de atesorar y cobrar un interés por el rescate del del dinero lo hace más lucrativo como  medio de especulación, debilitándose  su función de medio de intercambio. El resultado es que el dinero se hace cada vez más escaso y por ende costoso. Quien tiene plata hace más plata y quien carece de ella debe trabajar cada vez más duro. Esta es una tarea ímproba ya que en la economía hay más deuda por intereses que dinero genuino. Cuando se compra un simple pan, se pagan impuestos o se utiliza un servicio público como agua, electricidad, recolección de residuos, una parte importante del monto esta constituido  intereses.  

     Ganar dinero lleva tiempo y este cuenta. Si se calcula el tiempo que hay que dedicar para reunir el dinero para acceder a algunos servicios como por ejemplo el transporte urbano – más la duración del viaje-  se llega antes si uno va caminando. Henry D. Thoreau  propuso una vez una competencia  entre un caminante distendido y  otra persona que tuviera que ganarse un salario para costearse el pasaje en tren. En su opinión el caminante le llevaría siempre la delantera.

De la misma manera, hay infinidad de recursos materiales y humanos que no se aprovechan porque sufren postergación como consecuencia del costo y escasez del dinero. Aunque pareciera que el dinero motoriza la economía, actúa más bien como un freno. El alcohol produce en el organismo un efecto parecido, La euforia que provoca su consumo inmoderado es resultado de su efecto inhibidor de la corteza cerebral.

¿Cuantas más cosas podríamos realizar y disfrutar si no le atribuyéramos tanto valor al dinero?












Haze Henderson y el fin de la economía de tierra plana

Hazle Henderson y el fin de la economía de tierra plana

Los ciclos de recesión e inflación y el desempleo están afectando en mayor o menor medida a la mayoría de las sociedades. Las recetas económicas habituales no atinan a encontrar una solución de fondo debido a su obstinado enfoque monetarista y al desconocimiento del sector no monetarizado de la economía, donde ocurre la mayor parte de la producción y el consumo. Como lo señala Hazle Henderson: “ La mayoría de la población mundial se mantiene cultivando su propio alimento, cuidando a sus propios animales en las zonas rurales y viviendo en pequeñas aldeas y asentamientos administrados en conjunto o como nómadas siguiendo rebaños, recogiendo cosechas silvestres, pescando y cazando en economías basadas en el trueque, la reciprocidad y la redistribución de excedentes de acuerdo con costumbres como festivales y potlatches.” Muchos de los problemas económicos y sociales de los países del Tercer Mundo se deben precisamente a la erosión de esta cultura comunitaria de reciprocidad y mutualismo por  las políticas económicas de mercado.

Los valores sociales vinculados a la autoabastecimiento, el compartir alimentos y ayudas, la solidaridad con los necesitados, la medicina popular y el respeto por el medioambiente viene siendo desprestigiados por un consumismo que luego resulta incapaz de garantizar las necesidades mínimas de la inmensa mayoría de la población. El precio que pagan los países “subdesarrollados” para ingresar a esta utopía de mercado es el endeudamiento crónico, la hipoteca de sus recursos naturales, la entrega de sectores claves de la economía como el agua, la energía o el transporte a empresas multinacionales, aumento de la desigualdad social, la criminalidad, la pobreza y el desempleo. Sin embargo, pese la enorme evidencia acumulada en contra de estas políticas económicas, sus males se justifican como un costo aceptable para lograr el desarrollo.

Muchos críticos del neoliberalismo lo son también de cualquier alternativa por fuera del desarrollo y el productivismo. Algunos sienten nostalgia de las políticas económicas keynesianas sin ver que estas, al igual que las políticas monetaristas, se basan en un uso no sustentable de los recursos baratos y la transferencia a la sociedad y al medioambiente de los costos ocultos de la producción industrial. El propio cálculo del PBI no discrimina entre construcción y destrucción, considerando no productivas actividades no rentadas, pero indispensables para el mantenimiento del sistema capitalista, como es por ejemplo el trabajo no pago e invisible de la mujer. Sin el sector informal, tan desacreditado pero promovido cínicamente, el sector formal de la economía no podría subsistir.

Los gobernantes y los partidos políticos son incapaces de aportar soluciones de fondo y siguen aferrados al reducido paquete de herramientas que les ofrecen economistas sin visión.  Es que no hay ninguna salida mientras las medidas económicas  sigan siendo monetaristas,  fiscales, productivistas y orientadas al mercado como son los recientes intentos en la Argentina de control de precios.  Pese a la diferencia en los discursos, tanto  derecha, centro e izquierda comparten las mismas falacias y los mismos dogmas. Hezel Henderson dice que todos cultivan el modelo de la Gallina de los Huevos de Oro:

“La derecha tiene la creencia de que toda la riqueza se produce en el sector privado y luego le exige impuestos para dar bienes y servicios al sector público...creen que hay que eliminar la presión inflacionaria reduciendo el gasto público; Hay que elevar las tasas de interés y reducir el crecimiento de la oferta monetaria, aceptando que el desempleo aumentará; Luego quítese regulaciones a los negocios y dense más créditos fiscales a la inversión, basados en la teoría del “goteo de que eso generará más empleo. En el otro extremo de la gama está la posición de “izquierda” que tiene economistas keynesianos y lo único que saben hacer es imprimir dinero con la esperanza de que las inevitables tasas de inflación no resulten demasiado manifiestas.”

Lo trágico es que ninguno de estos abordajes funcionará y el daño se seguirá ampliando y reproduciendo. Los funcionarios, empresarios y economistas no dejan de insistir en el aumento de una productividad estéril que no mejora la calidad de vida de las personas. Como dice Henderson, la única parte del PBI que sigue creciendo son los costos sociales. Las políticas macroeconómicas a corto plazo con sus estrechas elecciones fiscales, monetarias y del sistema de precios están condenadas a  inevitables inflaciones y recesiones  ya que sólo funcionan en una economía con ofertas y demandas crecientes. Esto no es tan fácil de lograr con el aumento del costo de insumos, energía y la pauperización de los consumidores. Una de las causas de la inflación y del fracaso de las políticas keynesianas es que se están agotando los insumos baratos de recursos naturales y energía. Una parte de la declinación de la producción se debe a que cada vez se requiere más capital y energía para obtener materias primas y energía de yacimientos empobrecidos y distantes. Justamente lo que se necesita es lo contrario de lo que se pregona. Necesitamos una “selectiva reducción de la demanda,” una administración no monetaria de la demanda aunque los negocios resulten menos rentables. Hace falta autos más económicos y de menor tamaño, una disminución de la publicidad consumista o acuerdos voluntarios para armonizar precios y salarios

A medida que los países “emergentes”  aumentan sus tasas de interés para atraer el capital extranjero, se dispara otro coletazo inflacionario y recesivo ya que se eleva el costo de las hipotecas, las cuotas de compras de automóviles y maquinarias. Antes elevar los intereses solía ser eficaz para enfriar la economía reduciendo la inflación y el desempleo, pero hoy provoca el efecto contrario. Por otro lado el abuso de la manipulación de las tasas desalienta el compromiso de fondos a largo plazo y aumenta el temor de los tomadores de crédito a caer en las manos de usureros inescrupulosos. Se está perdiendo la confianza en el Estado como arbitro ante las apetencias excesivas de los poderosos y dispensador de equidad social. El estado es el primero en limitar el acceso al consumo popular con impuestos regresivos como el IVA pero premia a los capitalistas con exenciones, subsidios y préstamos que nunca se molesta en cobrar. No es de extrañar entonces que los ciudadanos  se vuelquen a contraeconomías de producción para el uso y reciprocidad como son los clubes de trueque de la Argentina, grupos de compras comunitarias y ayuda mutua. Hay una recuperación del  hogar siempre como unidad de producción y consumo. De esto se trata la contraeconomía; una apuesta al valor de los productos para el propio uso y no para la venta.  El curso que está tomando la economía global hace necesaria una reconceptualización de nuestra situación y nuestros valores para encontrar nuevamente el camino hacia la honradez, la humildad, la cooperación y el deseo de compartir.

Carlos De Sanzo